Estos últimos días estoy siguiendo muy cerca la problemática de Bolivia. Ecuador, de la mano del impresentable Hugo Cháves, no ha querido perder protagonismo y se ha sumado al circo mediático. Quién ha
pagado el plato roto…cómo no EEUU, mediante la expulsión de los respectivos embajadores.
Al grito “yankis de mierda, váyanse 100 veces al carajo” : Chaves ha exigido que en un plazo de 72h salga del país el embajador americano.
Realmente, aquella parte del charco, es tercermundista. El problema fundamental, es el populismo que existe en esta parte del mundo y la ausencia de la democracia. La misma que hace inexistente el respeto de los derechos humanos.
A todo ello, hemos de sumar el movimiento obrero y sus particulares problemáticas al tener enfrente a un gobierno que se salta la legalidad día sí, día también. Ahora no voy a analizar la problemática de allí, ni los motivos que les han llevado a generar el Estado de excepción. Lo que sí haré aprovechando tal coyuntura; es analizar el derecho a la huelga desde mi punto de visa.
Primero de todo decir que soy contrario a todo tipo de huelgas, siempre y cuando, afecten de manera importante al entorno. Por varios motivos; pero uno principal que es el siguiente: no creo que una situación de un determinado colectivo, generalmente minoritario, genere tal caos cómo para paralizar el país (en algunos casos). Me parece un sin sentido, que un aumento de sueldo justifique dejar sin servicios a muchos otros ciudadanos.
Pero como está legalizado de esta manera, yo abogaría por limitar ese mal llamado “huelga” y ponerle límites. Tales cómo garantizar más que unos servicios mínimos (ya que estos no suelen ser mínimos sino pésimos) y en caso de no restablecer el periodo de huelga en “x” días, penalizar a los huelguistas, por considerarlo una tomadura de pelo.
Que por cierto, aprovecho a lanzar una proclama a los Sindicatos y pedirles más responsabilidad y sentido de país. Entiendo que han de velar por el trabajador, pero también han de comprender, que junto a ellos hay miles de trabajadores que se ven perjudicados por sus paradas de máquinas, o por sus manifestaciones en plena autopista (veáse el parón de los camiones, hace unos meses).